El cambio

Galería

Ella se cubrió los ojos con sus gafas oscuras cuando salió por la puerta del motel de baja categoría, ubicado en la zona roja. Empezó a caminar en dirección hacia la salida del sol, que se asomaba entre los altos edificios. Se encontraba cansada de buscar la felicidad perdida. Supo que había tocado fondo cuando se despertó al lado de un hombre que no sabía quién demonios era. Hacía años que sus pies venían errando el camino. En ese momento, recordó las sabias palabras de su abuela: «Cariño, tienes todo de sobra. Ya deja de deambular por el mundo y concéntrate en la persona que realmente quieres ser».

A esa edad, ella quería encontrar su propio camino, como lo habían hecho sus padres. Una noche armó un pequeño bolso y se escapó de su casa por la ventana del dormitorio. En ese entonces pensaba que su vida era dulce. Alcohol, drogas y amaneceres con extraños. Creía que Dios había muerto y eso sonaba bien. Era una joven inexperta y no sabía lo que hacía.

Se acercó al perro que estaba rompiendo las bolsas de basura para alimentarse. Acarició su lomo y sacó del bolsillo de su tapado la última galleta que le quedaba y se la dio. Hubo un tiempo en el que había querido ser veterinaria, pero terminó bailando en el caño de un cabaret, recibiendo propinas como pago.

Todavía le quedaba un largo tramo que recorrer. Ingresó a la tienda que estaba en la estación de servicios para comprar una bebida y tomarla durante el trayecto. El dinero que le quedaba en la billetera solo le alcanzaba para una botella de agua mineral. En la misma situación, una semana atrás, habría tomado una botella de vodka y la habría ocultado en su tapado. Apartó esa idea de su cabeza. No volvería a ser esa persona. Se dirigió hacia el mostrador para pagar. Su vista se perdió en los estantes en donde se guardaban las etiquetas de cigarros. Moría por una calada.

El vendedor dedujo su deseo.

—Puedo darte una etiqueta a cambio de tus servicios…

Acostumbrada a la lujuria de los hombres, simplemente respondió:

—Cuesto mucho más que una etiqueta de Marlboro, corazón.

El vendedor se inclinó sobre el mostrador y miró, obscenamente, su cuerpo.

—Lamento contradecirte, cielo.

Ella irguió la cabeza, mostrándose entera, haciendo de cuenta que sus palabras no le habían afectado.

— ¡Púdrete! —replicó.

Agarró su agua y salió de la tienda.

El conductor de un coche que llenaba el tanque de su auto con gasolina, la miró con repugnancia. Luego volcó toda su atención a su feliz familia. Hipócrita. Estaba segura de que había visto antes su cuerpo desnudo.

A la derecha de los surtidores de combustible estaban los baños para dama. Decidió entrar y lavarse el rostro. Se quitó el exagerado maquillaje con las toallas de papel. Una mujer y su pequeña hija ingresaron al tocador, pero salieron de inmediato cuando la vieron. Huyeron como si ella fuese la peste. Tal vez lo era. A su memoria vino la imagen de su madre, peinando su largo cabello antes de mandarla a la cama, cuando aún era la princesa de su padre.

Había perdido la inocencia con la misma rapidez que un adulto engaña a un niño con una golosina. Se miró en el espejo y se sintió avergonzada.

—¿Qué has hecho con tu vida, Victoria? —preguntó entre sollozos, mientras se sostenía del lavatorio de granito con sus temblorosas manos.

En un ataque de furia, se deshizo de sus medias de red, se desató el nudo que le había hecho a su remera de los Rolling Stones y se la metió dentro de su pollera de cuerina barata. Abotonó por completo su tapado antes de salir del baño, para continuar con su destino.

Ella habípiea estado cara a cara con el mal y había logrado huir. Nadie iba a quitarle su deshecha alma. Su perturbada mente le había hecho hacer cosas que ahora le repugnaban. Había querido tener todo: dinero, poder y gloria. Pero no había tenido nada. Se quitó las sandalias cuando empezaron a salirle ampollas en la planta de los pies. El dolor que sentía al caminar descalza por el suelo caliente no era nada en comparación con el profundo dolor que sentía su alma.

Finalmente había llegado a donde quería, después de varias horas de andar. La última vez que había caminado por las cuadras del elegante barrio, había sido de noche, y ahora las volvía a recorrer durante el día. Pasó cerca de una casa en donde su dueña estaba regando el jardín. Extrañada, la fragancia que despertaba el agua al mojar la tierra, le pareció deliciosa.

Se detuvo frente a una gran residencia. Había dos leones de mármol en el umbral. Respiró hondo y cruzó la verja que había en el seto de la entrada. Se acomodó el pelo y tocó el timbre. La atendió un hombre canoso, que usaba anteojos de lectura y sostenía el periódico en una de sus manos.

—¿Victoria? —musitó él, sorprendido.

—He vuelto a casa, papá… —dijo, con la voz temblorosa.

* La imagen no es de mi propiedad.
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  1. ¡Buenas!
    Cuantas historias como ésta habrán dando vueltas por ahí y nosotros sin pensar en ello siquiera.
    Un relato atrapante, podría servir de disparador para tramas todavía mucho más complejas.
    La búsqueda de una redención, del reinicio…

    Un abrazo y nos estamos leyendo.

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