Buscada #

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Dinero flotando en el aire fue la última cosa que sus ojos vieron antes de morir. Los problemas surgían cuando Alegra se aburría. Podía lograr que hasta dos montañas se pelearan. Fallas, disparos y errores, fueron su moneda corriente. Vivía por diversión, la ley nunca comprendió su filosofía de vida. Quiso ver al mundo a través de los ojos de Van Gogh. Un mundo amarillo, tan amarillo como el resplandor del sol.

22 horas atrás…

– ¡Apresúrate y pon los billetes en la bolsa! -le gritó al cajero del banco de la pequeña ciudad.

Las manos del empleado temblaban y las de ella, estaban firmemente asidas en el mango de su revólver, apuntándolo en medio de sus dos cejas. No era su primer robo, por eso sabía cuándo era el momento indicado para huir antes de que la policía apareciera. Sus dos acompañantes se habían ladronaencargado de mantener al margen a los cincos clientes que había tenido el banco a las 10:45 de la mañana. Hizo un disparo al techo, y el estallido sonó igual a un estruendo. Los rehenes gritaron y durante el desparramo, agarró los bolsos con el botín. Dividió la recompensa entre sus socios y cada uno tomó caminos diferentes al salir del banco.

Alegra se deshizo del mameluco negro y lo tiró junto a la máscara, con el diseño de la reina de diamantes del póker, al contenedor de basura. Se dejó puesto sus jeans gastados y su camisa a cuadros. Cargó la mochila con el dinero a sus espaldas y buscó su coche aparcado. Coche que no se encontraba en dónde lo había estacionado. La sirena de los patrulleros cada vez se sentía más cerca. El pulso se le aceleró al ver al hombre que venía caminando en frente suyo. Él llevaba vaqueros azules, remera blanca y cubría sus ojos con gafas de aviador. Podía oler a un policía de civil a kilómetros de distancia << ¡mierda! >>. El oficial la miró por encima del capuchino que bebía cuando pasó por su lado para llegar a su auto. Se maldijo por lo que iba hacer, pero no tenía más opción. Lo apuntó en la nuca con el arma y le pidió la llave del vehículo. Necesitaba un rehén y se lo llevó con ella.

– ¿Fuiste la del asalto al banco? -preguntó él ceñudo, mientras forcejeaba con las esposas que había utilizado para amarrarlo al pasamano de la puerta.

– Solo tomé dinero prestado, oficial. Lo juro, no soy una mentirosa.

Apretó el pie en el acelerador y condujo hacia los alrededores de la ciudad, a la zona despoblada y desértica. En el horizonte, podía verse el vapor del calor levantarse del asfalto. Bajó a la única tienda que había visto al costado de la carretera y regresó con algo de comestible, dos refrescos y el periódico en dónde salía una foto suya con la leyenda de buscada. ¿Estaba mal vivir al límite y disfrutar al máximo cada segundo de la juventud? Si estaba mal, no lo quería ver de ese modo. Le dio a su rehén la bolsa con las compras. Él parecía aturdido y molesto.

– Eres guapo –dijo, para romper el hielo-. No veo anillo en tu dedo, ¿eres soltero?

Él no respondió y giró la cabeza hacia la ventanilla.

– Bueno, esto se pone interesante. ¿Alguna vez has estado con una ladrona? Es algo excitante, ¿no lo crees?

Lo miró de reojo y alcanzó a ver como una de las comisuras de sus labios se curvaban hacia arriba.

– ¿Sabes? Te imagino a ti y a mí viajando por todas las ciudades, viviendo la vida de Bonnie y Clyde, robando bancos y rodeando mi cuello con diamantes.

Él chasqueó la lengua.

– Mi imaginación se limita a verte tras las rejas.

Ella resopló.

– Aburrido…

– ¿Por qué haces esto? -quiso saber.

Alegra tomó el bolso con el dinero que estaba debajo de su asiento y lo arrojó sobre el regazo de él.

– Ábrelo y huele. Haces una idiotez y te vuelo los sesos -le advirtió.

El oficial hizo lo que le pidió.

– Huele a lo inevitable, tu encierro.

Sacudió la cabeza, divertida.

– Esa es la fragancia del paraíso…

El uno al otro se miraron y sonrieron. Podía sentirse la atracción que había entre ellos en el aire. Él era templanza. Ella era fuego. Dos caras opuestas en una misma moneda. Las horas fueron pasando, y la cálida noche de verano apareció con sus estrellas plateadas y su redonda luna. Detuvo el coche en la cima del peñasco. Se estiró por encima de él para quitarles las esposas y abrir la puerta del vehículo, luego, regresó a su asiento.

– Eres libre…

El oficial no se movió y cerró la puerta. Sujetó su cintura con sus manos y la sentó sobre su regazo. Inclinó la cabeza y chocó su frente con la de ella. La miró fijamente a los ojos, a la vez que le llevaba un mechón de pelo detrás de la oreja.

– Déjame salvarte antes de que te destruyas, cielo -le susurró.

El brillo de sus ojos le decía que hablaba en serio, y eso la conmovió en lo más profundo de su ser. Su rehén la tomó de la nuca y acercó sus labios a los suyos. Su beso fue tan duro como un golpe. Él era luz, y ella era sombras que vivía en tonos oscuros. Rodeó su cuerpo con sus brazos e hizo que asentara la cabeza sobre sus hombros para que durmiera.

Al despertar a la mañana siguiente, creyó que no lo encontraría, pero él no se había ido. Estaba sentado en el capo del coche viendo como el sol salía entre las colinas. Fue a su lado y entornó los párpados mientras veían juntos el amanecer. Se voltearon al escucharse las sirenas de las patrullas.

– Jódelos a todos y ven conmigo -le ofertó.

– No puedo. Debes dejar de huir, cielo… -le respondió, con voz suave y tierna.

Si la policía la había encontrado, era porque alguien le había avisado. Su rehén la traicionó, y su traición sonó como un disparo al corazón.

– Dijiste que ibas a salvarme, ¿recuerdas? -murmuró, con el pecho ardido.

– De ti, quiero salvarte de ti…

Buscó su botín y corrió en dirección al precipicio. Él la siguió por detrás, pidiéndole que se detuviera. Se frenó al filo del abismo. Se volteó y lo miró a la cara, con los ojos cargados de lágrimas.

– ¿Matarías por mí? ¿Morirías por mí? –él asintió con la cabeza. Alegra agregó-: Entonces pon tus manos en alto para que pueda verlas.

Él dejó su pistola en el suelo y alzó sus manos hacia arriba. La policía la había rodeado. No sería encerrada en una celda fría y oscura. Abrió el cierre del bolso con el dinero y lo arrojó al cielo. Los billetes se esparcieron y volaron por el aire. A lo lejos, podía escucharse las campanas de la iglesia y el gatillo de las armas que hacían bang-bang. Dio un paso atrás y saltó al vacío, de espaldas, con los brazos extendidos a los costados y el paraíso cayendo sobre su rostro. Creyó ganadas todas sus batallas. Cerró los ojos y diamantes fue lo que vio. Sólo había hecho lo que amaba hacer: Correr y soñar con luces brillantes.

* La imagen no es de mi propiedad.
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  1. ¿Qué se te quedó en el tintero?

    Algo me dice que me falta historia.

    Felicidades por la foto, sé que no es tuya pero… wow, me puso justo donde me querias.

    Me ha gustado mucho, creo que la relacion de amor instantaneo se puede extender y no se, me supo mal que brincara.

    Saludos.

    Le gusta a 1 persona

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