El espanta sombras

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Laurelville, Ohio

Arrojó al suelo el pañuelo que había utilizado para quitarse la tierra que tenía en la mejilla. Cerró las puertas del armario luego de haberse cubierto el cuerpo con la bata negra de raso que tenía bordadas las iniciales del nombre de su padre. Años atrás, cuando se había marchado del condado, se había prometido que no regresaría, pero cambió de parecer cando el abogado de la familia se puso en contacto para avisarle que su padre iba a sacarla del seguro. Decidido a dejarla sin un centavo.

Se paseó por la alcoba, sintiendo la alfombra bajo sus pies desnudos. Descorchó una botella del mejor vino francés que se guardaba en la bodega, llenó la copa y bebió un sorbo, mientras leía los papeles del seguro que aún seguían a su nombre. El abogado, quien le debía unos favores, había logrado que su padre se retrasara en firmar los documentos. Esperaba que ella regresara para que tomase una determinación.

Se arrojó sobre la cama de espalda y derramó vino tinto encima de las sábanas blancas. Podía ver el fantasma de su padre frunciéndole el ceño. Para él no existía persona con más tiros fallidos a la luna que ella. Se consideraba el hombre perfecto y le hubiese creído, si no lo hubiese visto tirarse a todas sus amigas. Él solo se reconocía un error: haber tenido una hija mujer. <<La mocosa salió del mismo infierno>>, eso le dijo a las mujeres vestidas de pingüino que la educaron hasta que cumplió la mayoría de edad. Vació la copa de un trago. Sus pesadas palabras ya no podrían lastimarla. El último acto de la ópera estaba a punto de acabar.

Extendió el brazo y encendió la radio. El locutor dio las últimas noticias del momento:

<<El Sheriff del condado Tom Berkemeier luego de haberse desayunado con un pastel de cannabis en el día de ayer, ha sido dado de alta. Su hija dijo estar conmocionada por el hecho de que alguien atentara con la vida de su padre. Pidió que se encontrara al culpable y que enfrentara sus cargos. Ella fue quien había recibido el pastel mágico…>>

Sus labios se curvaron hacia arriba. Bajó el volumen de la radio cuando el teléfono empezó a sonar.

   — Creí haberte dicho que no volvieras a llamar –contestó al mirar el identificador.

   — Si no regresas a mi lado juro que voy a matarte, tanto a ti como a tu padre –repuso enfadado el abogado de la familia.

Intentaba venderle cariño a través de la agresión. En el pasado había sido un hombre importante, esa había sido la razón por la que le fue fácil amarlo. Pero ahora no era más que el deshecho de todos sus vicios. A su lado terminaría convirtiéndose en la reina de la decadencia.

   — Mi padre acaba de salir de una situación traumática… -le hizo saber con ingenuidad.

   — No hace falta que me lo recuerdes, fui quien te entregó el pastel.

No pudo evitar sonreír. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre el colchón.

   — ¡No le hagas daño! –musitó con la voz afectada.

   — ¡Lo haré si no regresas! –gritó, furioso.

   — Lo siento, pero no volveré contigo. Ahora debo colgar…

   — ¡Espera un momento!

   — ¿Sí?

   — Mi colgante de la buena suerte desapareció, ¿lo has visto?

Bajó la vista y envolvió el dedo índice con la gargantilla de plata que rodeaba su cuello.

   — No –repuso antes de colgar.

Vida nueva, hombre correcto, mezcla perfecta. Un día sus esperanzas estarían hechas de diamantes. Se levantó de la cama, apretándose el nudo de la bata. Sacópajaro un habano de la caja de bronce y lo encendió. Se acercó a la ventana y corrió la cortina. El cielo la acusaba bajo la puesta de sol de un sábado por la noche. Lanzó al aire una nube de humo, mientras miraba al espantapájaros que sobresalía de la plantación de girasoles. Durante el día espantaba a las aves y durante la noche, las sombras. Cubrió otra vez el cristal de la ventana con la cortina.

 Tomó la documentación que el abogado le había dado y la arrojó a la chimenea. De repente, el viento abrió la ventana y tiró al piso la placa de reconocimiento por el trabajo extraordinario de su padre en el condado. La campana del reloj empezó a sonar. La hora había llegado. Se calzó los pies para dirigirse hacia la plantación de girasoles, pero antes debía pasar por la cocina. Buscó en la alacena la botella de aceite que tenía la etiqueta de cannabis, que utilizaba para sus pasteles mágicos. Al encontrarla, vació todo su contenido en el fregadero. Metió la botella y la placa con forma de estrella en una bolsa de residuo.

Salió de la casa y fue hacia donde se hallaba el espantapájaros. Tomó el bidón con gasolina que había dejado oculto entre los girasoles esa mañana. Roció al muñeco y todo el alrededor con el líquido. Hundió el dedo que sobresalía de la tierra con el pie. El dedo llevaba un anillo de oro que tenía las mismas iniciales que la bata que cubría su cuerpo.

Encendió un cerillo y lo arrojó al suelo. El fuego empezó a propagarse y consumir todo lo que tocaba. Observó como las llamas devoraban lo que tanto dolor le había causado en el pasado. Podía escuchar violines que daban cierre al último acto de la ópera. Todo hombre alcanzaba su deseo, pero antes debía subirse a la montaña rusa de la vida y ganarse ver la salida del sol. Se quitó la gargantilla del cuello y la arrojó hacia delante, luego, corrió en dirección a la casa.

* La imagen no es de mi propiedad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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