Viento del oeste

Galería

Egipto

Menfis, 1022 a.c.

Nicor despertó todo transpirado después de haber tenido el mismo sueño que tenía hacía un tiempo. Gimió al desperezarse. El duro suelo de la celda en dónde dormía hacía que el dolor de su columna se intensificara. Había sido el copero de un glotón sacerdote. Él lo mandó a encerrar por haberle dicho que su vino estaba envenenado, cuando en realidad no lo estaba. Desde la prisión, se podía ver  la luna entre las rejas del espacio abierto que había en el techo.

De repente, la habitación se inundó de una suave melodía y del tarareó de una voz femenina. Se refregó los ojos y al origen-palabra-gato-bastetdescubrirlo, miró a una mujer de piel negra y brillosa como la pantera de pie en un rincón de la celda. Llevaba un pendiente de oro en la oreja y otro en la nariz. Lucía un vestido de lino, ajustado con un cinturón dorado en la cintura. Si no estaba equivocado, tenía en frente a la diosa Bastet.

La dama del oriente se agachó para tomar en brazos a su gato que era del mismo color de su piel. Bast simbolizaba la fertilidad del sol, un nuevo amanecer, además de ser la diosa de la guerra. Aturdido por la aparición, se apretujó contra la pared.

  — Acabas de ver tu futuro en tus sueños, Nicor. Eres el elegido -dijo ella, a la vez que se aproximaba con sus caderas balanceándose al ritmo de su música.

Abrió grande los ojos. Venía soñando con creaciones de pirámides, que no eran levantadas en el desierto, sino, en tierra desconocidas, en tierras similares al paraíso. ¿Pero él que tenía que ver con todo eso? Reconocía que no llevaba una vida de lo más ordenada, los excesos lo dominaban. ¿Acaso sería castigado por haber intentado burlar a todos los dioses?

Bast leyó su pensamiento.

  — Eres el elegido para expandir el conocimiento de Osiris por toda la tierra.

Miró a sus costados en busca de otro acompañante, pero la celda estaba deshabitada.

  — ¿Me hablas a mí? -preguntó para asegurarse.

  — El nuevo mundo nacerá a través de ti, Nicor -afirmó-. Deberás partir antes de que la estrella Sirio marque el inicio de la temporada anual. Ella te guiará.

Faltaba tres días para la crecida del río Nilo, que daba comienzo al año nuevo. La dama del oriente abrió la palma de su mano y le enseñó el ojo de Horus, luego, se lo entregó. Sería el amuleto que lo protegería en el viaje. Bast traspasó la puerta y la reja, automáticamente, se abrió. Ella había hecho que los dos soldados que custodiaban la celda cayeran adormecidos. La  siguió hasta la salida de la prisión, en dónde aguardaba un camello que cargaba bolsas con oro de Ofir. Tenía miedo de despertar y descubrir que todo era producto de un sueño.

La diosa Bastet le había dejado varias indicaciones antes de desaparecer: Debía prometer que cumpliría con su destino, y que no huiría con el oro que estaba destinado a los dioses. Debía evitar meterse en problemas para que no lo volvieran a meter en prisión. Debía estar sobrio para que sus sentidos no se embotaran. Debía llegar al puerto a la hora prevista para que el barco no demorara en zarpar. Y sobre todo, debía tener Fe en Osiris.

Revoleó los ojos. Solo faltó que le pidiera que no respirase para que no gastase aire. Chasqueó la lengua y golpeó el lomo del camello con el talón. Él lo llevó hasta su casa. Fue placentero poder dormir en su cama después de tanto tiempo afuera. Despertó temprano para que el sol del desierto no lo abrasara. Armó un bolso con sus objetos más valiosos, por lo que tenía entendido, no regresaría a Egipto. Se vistió con su falda pinzada, ajustada con un cinturón de cuero, en donde colgaba su cuchillo. Se puso su amuleto en el cuello y delineó sus ojos de negro. Llamó al halcón que tenía como mascota. Este reposó sobre su hombro. Se subió al camello y se dirigió al centro de la ciudad de Menfis. Quería verla por última vez.

La gloria de Menfis aún no había desaparecido. La ciudad se caracterizaba por ser superpoblada y por sus calles estrechas. Se bajó del camello y lo dejó a un costado. Recorrió el mercado. Había puesto de verduras y frutos recolectados de la fértil tierra del Nilo. Venta de animales, artesanías y armas. Y no podía faltar el flautista que sacaba a la cobra del canasto de mimbre.

Fue directo por una cerveza. El puestero llenó su jarra. Un niño tiró de su falda y no pudo dar su primer sorbo. Él bajó la vista.

   — ¿Eres Nicor? -le preguntó la sabandija.

   — Lo soy…

El rostro del niño se iluminó.

   — ¿Es cierto que mataste a un moabita gigante de seis dedos con tu cuchillo?

   — Sí… -repuso a secas.

La sabandija volvió a impedir que bebiera un trago de cerveza al bajarle el brazo.

   — ¿También es cierto que mataste a un león cuando bajabas a una cisterna a buscar agua?

Él resopló.

   — Sí, ¿ahora puedes regresar por dónde viniste?

El pequeño ocupó la banqueta que estaba a su lado y se quedó observándolo.

   — ¿Puedo hacerte una pregunta?

   — Ya me has hecho más de una, muchacho… -dijo entre dientes.

El vendedor rodeó su puesto y tomó al niño del brazo con rudeza, alejándolo de sus clientes. No pudo no intervenir, Maat, la diosa de la justicia, tenía una cierta influencia en él. Se levantó, bruscamente, de su asiento y agarró al puestero del cuello para que soltara al joven. Sería fácil deshacerse de él, le llevaba más de una cabeza. Pero una voz le recordó que no debía meterse en problemas. Retrocedió echando peste por los labios. El vendedor aprovechó la ventaja e hizo que lo echaran del mercado tanto a él como a la sabandija.

Sujetó al camello de la rienda y comenzó a caminar en dirección al puerto, con la boca sedienta de cerveza. El niño lo seguía por detrás. Se volteó y sacó de su bolsa un siclo de oro y se lo entregó para que se largara.

Cargó sus pertenencias al hombro al llegar al puerto. El barco en el que partiría se llamaba <<Viento del oeste>>. Estaba hecho con la mejor madera de los fenicios. Observó a Bast en la cubierta del barco, acariciando a su gato. Ella inclinó la cabeza al verlo y desapareció al instante. A bordo del navío, se encontró con la tripulación que lo acompañaría en la odisea. Tres soldados del escuadrón militar del faraón, cinco marineros y su capitán, un escriba de Nubia, cuatro sacerdotisa y el mercader más usurero que podía tener todo Egipto. Dejó el bolso en la popa. Su halcón voló hacia la punta del mástil.

Quedó adormecido al toparse con Mical, sobrina del sacerdote que le había servido como copero, saliendo del camarote junto a sus dos sirvientas. Ella llevaba puesto un vestido con tirante de tela holgada y brazaletes en la muñeca y tobillos. Mical parecía la reencarnación de Isis. La última vez que se habían visto había sido en el palacio de su tío, cuando los oficiales se lo llevaron preso. Ella lucía igual de sorprendida que él. La había amado en secreto, su posición de copero había marcado la distancia entre ambos. Pero ahora todo sería diferente. Agradecía a los dioses por su segunda oportunidad.

Fueron interrumpidos por un estornudo que provenía de uno de los barriles que los soldados habían dejado en la popa. Se acercó al barril y abrió la tapa con su cuchillo. Se encontró con la sabandija que le había impedido que bebiera su cerveza. El niño encogió sus hombros y se hizo más pequeño de lo que era.

   — ¡¿Qué demonios haces aquí?! -rugió él.

   — Bast me pidió que te vigilara para que no hicieras una burrada, así llegabas al barco sano y salvo.

¿La dama del oriente le había encargado a un niño que lo cuidara? Sacudió la cabeza más atónito que enfadado. El navío zarpó por las aguas del Nilo. La estrella Sirio, que aparecía por el occidente, guiaba la navegación. Tras varios días embarcados, pasaron el Delta, atravesaron el Mediterráneo y desembocaron en el océano.

Una tormenta apareció de la nada. Un trueno rugió con violencia y los relámpagos alumbraron la oscuridad. Las olas golpeaban el barco y las velas se inflaban por el viento. Un marinero cayó al agua y nadie pudo salvarlo. La estrella Sirio se transformó en una estrella viviente, y la diosa Sothis renació. Ella portaba una corona blanca y estaba vestida con piedras preciosas. Ordenó a las aguas que se calmaran, estas regresaron a su cauce normal. Y Sothis volvió a convertirse en estrella.

En los siguientes meses de navegación las sacerdotisas ofrecían incienso a los dioses para que los protegiera de las garras de Seth. Finalmente, el horizonte los llenaba de buenos presagios. Tenían en frente un mar turquesa, en dónde delfines jugaban con sus aguas. Había una  playa de arena blanca que estaba rodeada por numerosos árboles frondosos. El nuevo mundo estaba ante él. Su halcón voló hacia las tierras desconocidas. Hacía las tierras en dónde se levantarían pirámides entre el paraíso.

Toda la tripulación había tenido el mismo sueño: dar comienzo a una nueva civilización.

* La imagen no es de mi propiedad.
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