Señales

Galería

Los tacos de sus zapatos retumbaban en el silencio de la noche, mientras caminaba por la calle de la ciudad. Vio su reflejo en el charco de agua que se formaba a un costado de la vereda: rizos oscuros, pómulos altos, ojos achinados y cuerpo estrecho. Esperanza, ese era el nombre que su madre le giphy-facebook_shabía dado, con la esperanza que algún día hiciese sus sueños realidad. Estaba a un paso de cumplirlo, pronto viviría a orilla del mar. Apolo, su novio de hacía tres meses le había prometido una acogedora casa en dónde sus amplias ventanas darían al océano. Quería embriagarse con el sonido de las olas; según su madre, así era como las sirenas cantaban.

Dio un respingo cuando un gato negro pasó por delante y la miró nítidamente con sus ojos verdes antes de desaparecer en el basural del callejón. Respiró hondo y continúo caminando. Se detuvo frente al pub en dónde se encontraría con Apolo. La entrada del bar tenía un cartel iluminado que decía: Paraíso perdido. Una lamparita estalló en mil pedazos. Sonrió por su condenada suerte de no haber salido lastimada.

Apolo se encontraba jugando al billar, lo distinguió por su chaqueta de cuero, tatuaje en el cuello y diente de oro. Él hacía que su roja sangre se transformara en azul, igual que el color que tomaba el fuego cuando llegaba a su máxima temperatura. Ambos soñaban con libertad. Eran dos sociópatas que vivían sin normas. Estaban jodidamente locos.

Él rodeó su cintura con su brazo y le susurró al oído:

— Diviértete, cariño, bebe todo lo que quieras. Esta noche invito yo…

Pidió una cerveza, mientras él terminaba su juego. El camarero que se acercó a su mesa no apartaba su vista de ella. Encendió el cigarro que le pidió al camarero, le dio una calada y exhaló una bocanada de humo contra su rostro. Él tomó una servilleta de papel y escribió unos cuantos garabatos, lo más probable debía ser su número telefónico, y se la entregó. Sacudió la cabeza, incrédula de su audacia, luego guardó la servilleta en el bolsillo de su pantalón. El excéntrico camarero lució más aliviado al ver que no se había deshecho de la servilleta y se apartó hacia otras mesas.

Era un bar de mala muerte y las riñas entre borrachos era algo corriente. Esquivó la botella de cerveza que se había arrojado al aire. Apolo apareció y la sacó por la puerta trasera del pub, que tenía salida al callejón. Él había dejado allí su motocicleta. Se subieron de un tirón y su viaje a la libertad había comenzado. A mitad del recorrido, se quitó el casco de la cabeza y extendió los brazos al cielo. Gritó tan alto que tuvo miedo de quedarse muda. Esa noche las estrellas brillaban solo para ella. El viento flameaba su cabello. Le gustaba sentir la adrenalina de la velocidad.

Apolo detuvo la Harley a un costado de la carretera. Pero el mar no parecía estar cerca. Él le dijo que la motocicleta se había descompuesto. No conocía de motos, por lo tanto le creyó. Caminaron un largo trecho en busca de ayuda, hasta que finalmente divisaron una casa que se hallaba escondida entre matorrales. Atravesaron el pastizal de la entrada. Dos cuervos se asentaron en la rama de un árbol y lanzaron un chillido que la estremeció.

— Creo que deberíamos irnos -dijo, haciendo caso a su sexto sentido.

Él se detuvo y se volteó hacia ella. La pálida luz de la luna alumbró al dragón que tenía tatuado en su cuello. La biblia representaba al dragón como lo inicuo e impuro, pero a ella no le importaba, porque el costado salvaje de su chico era lo que la había conquistado.

— ¿Confías en mí? -Esperanza asintió con la cabeza. Él agregó-: Entonces sígueme…

Los dos irrumpieron la casa, ya que parecía estar deshabitada. Dejó caer el cuerpo sobre el sillón deshilachado de la sala. Apolo se dirigió a la habitación continua en busca de algo para tomar, apareció con dos copas llenas de vino y le ofreció una a ella. Se quedó observándola hasta que terminó de beber todo el contenido del recipiente, luego, él desapareció cuando creyó oír un ruido en la cocina.

Asustada, se acercó a la ventana y miró hacia afuera. No vio a nadie, pero si observó el arma que estaba sobre la mesita baja de la sala. Junto al revólver, había una pila de carnet de identificación. Lo extraño era que todas las cédulas tenían una fotografía de Apolo, pero con diferentes nombres de dioses griegos: Ares, dios de la guerra; Dionisio, dios del vino; Hermes, protector de viajeros, ladrones y vagabundos.

Vio el reflejo de Apolo, o cómo demonios quisiera llamarse, en el espejo que tenía en frente.

¿Quién eres? -indagó, arrojando todos los carnet contra su pecho.

— Él sonrió desagradablemente.

— Quien tú prefieras que sea… Apolo, sí es el que te gusta más.

En la tierra de titanes y maleantes, ella era el cordero que ardería en el fuego del infierno. Su visión se nubló y sus piernas se aflojaron, logró sujetarse del respaldar de una silla para no terminar en el suelo. Su cuerpo no reaccionaba a sus sentidos. Se dio cuenta que él la había drogado. Amarlo había sido su pecado original. El mal nacido la cogió del codo y la arrastró hacia el corredor.

— Y ahora qué, ¿vas a matarme? -quiso saber, aterrada.

— Claro que no –repuso, abriendo la puerta del sótano-. Eres mi pasaporte al exterior, mi pequeña “esperanza”.

Él le dio un beso fugaz, y sus entrañas se ahogaron en vómito. De repente, se vio en un cuarto oscuro sin ventanas al mar. Se limpió la nariz con la servilleta que el camarero le había dado en el pub. Notó que el papel tenía un mensaje escrito:

<<Corre por tu vida>>.

Tarde. Era tarde para correr. Se dejó caer al suelo. Vio sus sueños estallar, pero no le importó, porque sabía que su imaginación no podía ser encerrada, era libre y podía viajar hacia donde el sol resplandeciera. Cerró los ojos y tuvo visiones de ella teniendo cinco años, jugando a orillas del mar. Lentamente, se desvaneció en la profundidad del océano.

paisaje_mar_mujer_pateando_olas_y_pajaros

 

 

* La imagen no es de mi propiedad.
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