Un fósforo, un revólver y un ataúd

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Ella estacionó el coche importado, que había tomado prestado, frente a una joyería. Bajó del auto y se dirigió a la tienda. Pero siguió de largo cuando, por la puerta, apareció un grandote y musculoso oficial.

—Lo siento… —le dijo al hombre que acababa de chocar en el hombro.

Esperó pasar un par de cuadras para poder fijarse cuánto dinero había en la billetera que acababa de sustraer. No eran mucho los billetes, pero era suficiente para la cena de esa noche. Miró atrás ya que tuvo la sensación de que la seguían. No vio nada sospechoso. Se metió en un callejón para quitarse su peluca rubia y cambiarla por la morocha. Luego continuó con su recorrido. Tomó una manzana del cajón que estaba sobre la vereda de la verdulería y le dio un mordisco, mientras escuchaba los mensajes de voz de su teléfono.

«¡Maldita zorra! Los cheques que me diste no tienen fondo».

Borró el mensaje y pasó al siguiente.

«Irina Meyer. Le informamos que su chequera ha sido dada de baja por el banco», le avisaba una voz de mujer.

Tendría que cambiar su identidad. Otra vez. Ingresó al económico hotel en donde se alojaba. Las puertas del ascensor se abrieron y el hombre de limpieza estaba dentro de él. Usaba un mameluco azul y una gorra que le cubría el rostro. Presionó el botón de su piso. El elevador se detuvo de golpe.

—¡Mierda! ¿Le molesta si fumo? —le preguntó al hombre.

Él no respondió y tomó su silencio como un sí. Buscó un cigarro en su bolso. El extraño sacó una caja de cerillos de su bolsillo y encendió uno con sus peludas manos. Él la miró y le impresionó la cicatriz que tenía en su mejilla. Acercó el fuego a su rostro, pero en vez de encender su cigarro, ardió su cabello. Creyó que había sido un error de su parte. Cambió de parecer cuando él se abalanzó sobre ella.

***

Hacía cuatro horas que su secretaria se había ido. Eran las dos de la madrugada y lo más probable era que ya no quedase nadie en la empresa. Ella miró la pantalla de su ordenador. Buscó a Irina Meyer en la base de datos de la financiera y la marcó como clienta no grata. Resopló, a la vez que se masajeaba las sienes con las yemas de sus dedos. Abrió una lata de Coca-Cola y tomó un trago. Miró por encima de su refresco el portarretratos que estaba sobre el escritorio: era una foto suya tomada el día en que había recibido el cinturón negro de artes marciales.

Se puso su chaqueta colorada y agarró su portafolio antes de salir al corredor. La puerta del despacho de su jefe estaba abierta. Decidió entrar. La oficina era elegante y espaciosa. Sentía que ese era su sitio. Hizo girar el globo terráqueo que estaba sobre el escritorio y se acercó al ventanal de cristal. Desde allí podía ver las luces de toda la ciudad. Suspiró anhelante. Ella no buscaba dinero: buscaba poder. El dinero no era más que papel. En cambio, el poder era gloria y la gloria era eterna. Rodeó el escritorio y se sentó sobre el sillón de cuero. Miró al techo, mientras daba vueltas sobre el asiento. «Si un rey perdía su trono, otro ocuparía su lugar», pensó sonriente.

Leyó la invitación de la fiesta de disfraces que hacía la hija de su jefe para su cumpleaños. Rompió la tarjeta y la tiró al cesto de basura. Salió del despacho cuando escuchó ruidos en el pasillo. Llamó al elevador. Las luces del piso empezaron a apagarse. Se asustó cuando el hombre de limpieza, que aspiraba el corredor, se aproximó.

—Que tenga un buen descanso, señorita Alvez —escuchó que le dijo al cerrarse las puertas del ascensor.

Salió del edificio y se subió al taxi que llamó con la mano. Chequeó en su agenda las reuniones que tendría la mañana siguiente. Alzó la vista y se dio cuenta de que el taxista se estaba equivocando de recorrido. Golpeó el vidrio que los separaba para avisarle. Las manos del conductor eran asquerosamente peludas. Él actuaba como si no la oyera.

—Oiga, ¡esta no es la dirección que le di!

Observó su rostro por el espejo retrovisor. Él tenía una cicatriz en la mejilla y algunas quemaduras. Quiso arrojarse del taxi, pero las puertas estaban aseguradas. De repente, un humo empezó a salir por los costados. No sabía qué era, pero estaba empezando a inmovilizarla. El conductor estacionó el taxi y se bajó del coche. Abrió la puerta trasera y la sacó. Sin que ella pudiera hablar o moverse, la metió dentro del baúl.

***

—Di mi nombre otra vez. Di mi nombre otra vez… —le susurró a su amante al oído, mientras le quitaba las esposas que había usado para atarlo al respaldar de la cama.

Ella era una buena chica que jugaba a ser mala. Se puso las alas de su disfraz en la espalda y se dirigió a la mesa que estaba en medio de la habitación. Se inclinó hacia adelante, cerró los ojos y aspiró por la nariz las líneas blancas que estaban correctamente alineadas sobre la bandeja. Eso era el cielo: volar por lo alto.

—¡Oye! Todavía pienso dar otro salto —gruñó él, masajeándose las muñecas.

Untó el dedo índice con polvo mágico y se lo llevó a los labios.

—¿Para qué necesitas volar cuando tienes a una chica preciosa a tu lado? —preguntó, divertida, a la vez que se ajustaba su pulsera de diamantes.

Él la miró y sonrió astutamente. Su sonrisa era igual de adictiva que la cocaína.

Se agachó para recoger la picana que se había caído del colchón, y la guardó en su bolso.

—¿Cuál será tu disfraz? —quiso saber.

Él salió de la cama y buscó su ropa, que estaba desparramada por el suelo.

—Seré un policía muy rudo…

Dicho eso, ella regresó a su fiesta de cumpleaños. Apenas conocía a la mitad de sus invitados. Sus fiestas eran ocasiones que nadie quería perderse. Buena música, shows en vivo y alcohol sin límites. Los disfraces daban la libertad de hacer lo que se quisiera hacer. No había margen para pensar qué era el bien y qué era el mal. Uno de sus empleados le acercó un ramo de rosas que le habían traído de regalo. Las flores estaban a nombre de Bárbara Alvez.

Agarró una copa de champaña y salió al jardín cuando los fuegos artificiales empezaron a estallar en el cielo. La multitud la sofocó y se alejó hacia la arboleda que estaba a un costado del parque. La sorprendieron cuando la tomaron por atrás y le arrancaron las alas. Su amante le había dicho que sería rudo, pero no creyó que lo fuese tanto. Sin poder ver su rostro, él le acarició la mejilla con su arma. Frunció el ceño al escuchar el «click» que hizo el tambor del revólver al girar. Esa no parecía un arma de utilería. Su amante le impidió que se volteara. En el tironeo, ella le quitó uno de sus guantes. Su mano era peluda y estaba vendada. Ese no era su amante.

Las retinas de sus ojos hacían un gran esfuerzo para adaptarse a la oscuridad del ataúd. Él racionaba el poco aire que le quedaba en la caja en donde estaba encerrado, hundido bajo tierra. Sus manos empezaban a recuperar la sensibilidad después de haber sido dopado. Había querido ser obediente a las voces de su mente cuentocuando le decían que él era el elegido para salvar a la humanidad. Sus pecadores anteriores no habían sido como ellas. Se había propuesto recatarlas de sus vicios, de su inclinación al pecado. Sus corazones estaban manchados y debían ser purificados. Había que erradicar el mal para salvar la virtud de otras vidas. Pero su misión había sido arruinada por culpa de tres pecadoras.

Debería haberse imaginado que una ladrona y tramposa nunca usaría su cabello original. Debería haber previsto la peluca incinerada sobre su rostro y así ella no se habría escapado. Como también tendría que haber sabido que una pecadora codiciosa intentaría ser buena en todo, y hubiese estado preparado para sus movimientos de artes marciales cuando se le fue el efecto de la droga. Y fue un iluso al no sospechar que una pecadora lujuriosa llevaría siempre consigo sus juguetes perversos, y no se habría sorprendido cuando recibió el shock eléctrico en el cuello.

Ellas lo habían dejado con un fósforo y un revólver con una bala, dentro de un ataúd, con la posibilidad de que eligiese su muerte.

* La imagen no es de mi propiedad.

 

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