La Tierra Prometida

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CAPÍTULO I – primera parte

Himalaya, Nepal

Sus pulsaciones se aceleraban cada vez que avanzaba en la escalada a las cordilleras del Himalaya. La sensación de estar eescaladan lo alto lo regeneraba de energía. El significado de la vida se llegaba a comprender cuando uno estaba cerca de la muerte. Sabía que si cometía el mínimo error, caería al vacío. Extendió un brazo y enterró la pica en un tramo más arriba, luego, el otro. Soltó un gruñido al repetir el proceso. El acenso iba sin complicaciones hasta que un bloque de nieve débil se le vino encima y le hizo perder el equilibrio. Controló el deslizamiento sujetándose de la cuerda y se hizo hacia un costado con la ayuda de sus piernas, para llegar a la roca que se veía firme y segura. Contuvo el aire en los pulmones, mientras se subía encima de ella. Echó una ojeada hacia abajo y agradeció su condenada suerte.

Se quitó las gafas y en cuclillas, observó como el sol aparecía detrás de las montañas. El frío viento chocaba contra sus ojos. No era más que un pequeño punto ante semejantes monstruos blancos. Bebió un sorbo de agua de la cantimplora y se puso en marcha. Se aseguró que el arnés estuviese colocado correctamente y empezó a ascender la montaña.

La mitad de su cuerpo se encontraba recostado sobre la cima, cuando un tigre blanco olfateaba su cabeza. Las fosas nasales del felino se ensanchaban al respirar.

—¡Nikita Niptu! Entregas tu vida a la suerte —le dijeron en un tono amonestador.

Al alzar la vista se encontró con Tathagata. El monje maestro que lo inició en la Logia del orden mundial. Quien lo preparó y guío hacia el camino de la libertad, veBsCeuLWCQAE3f-Prdad, honor, lealtad y fraternidad. Apartó a She-Ki cuando empezó a lengüetearle el rostro, y este se alejó con un rugido.

—Imaginé que te vería llegar de este modo cuando no bajaste junto a los demás del helic
óptero —agregó el monje, cruzándose de brazos.

Se quitó el arnés de la cintura y caminó hacia Tathagata. Él aún lo veía como el aprendiz de dieciocho años y no como el hombre que se había convertido gracias a su guía.

—La escalada puede ser tan adictiva como la heroína, y a veces igual de peligrosa —repuso, jocoso.

Su guía revoleó los ojos. Se deshizo del guante y estrechó la mano con su maestro, y él le presionó el segundo nudillo con el pulgar.

—Niptu, el sublime oso. El señor de las montañas.

Había ganado el apodo del sublime oso cuando fue atacado por uno de verdad en Siberia. Las montañas lo salvaron de que el animal lo despedazara. En la espalda todavía llevaba las marcas de sus garras.

—Maestro —saludó, inclinando la cabeza.

Lo tomó del codo y lo empujó contra su pecho, para culminar en un fuerte abrazo. Después de contarle los pormenores de la escalada, se dirigieron hacia el monasterio. El templo se hallaba en la cima de la montaña, aislado de la civilización y rodeado por la naturaleza más pura. Tigres blancos protegían el ingreso al monasterio. She-Ki se unió a ellos. El lugar refugiaba a más de treinta hermanos, que en ese momento se hallaban medtemplo-de-sun-capilla-budista-en-el-himalaya-30106120itando. A excepción de uno, que se encontraba apartado del grupo, y echaba puñetazos al viento.

—¿El muchacho es nuevo? —preguntó, señalándolo con el mentón.

—¿Jacob? Su padre lo trajo hace dos años para que le diéramos protección. Me recuerda a ti cuando tenías su edad, queriéndote llevar al mundo por delante con tus ínfulas de juventud.

El enarcó una ceja como respuesta.

—Buen Dios, Nik, un oso estuvo a punto de matarte debido a tu obstinación.

Su maestro siempre le sacaría a colación esa historia. Subieron las escalinatas e ingresaron al monasterio. Pasaron la sala iluminada por la luz natural, atravesaron los pasillos que los llevaba hacia al patio interno, para luego llegar al santuario. Solo las personas que su maestro autorizaba podían acceder. Tathagata corrió las puertas plegadizas y lo convidó a pasar a la habitación sagrada. El lugar estaba calefaccionado con braseros que tenían sus brazas al rojo vivo. Sus narices se impregnaron de la fragancia a sándalo que largaban los inciensos. En frente de la ventana redonda, estaba la mesa de oro que sostenía el libro de las normas sagradas, protegido por dos espadas flamígeras.

—Quítate los zapatos y deshazte del traje —le pidió su guía—. Y no te olvides de tus armas —agregó, lentamente.

Dos monjes aparecieron y se llevaron todas sus pertenencias. Su maestro sacó del armario una túnica blanca, bordada en el cuello y en los puños con seda roja, a diferencia de la que llevaba su guía que estaba bordada con seda azul. Se la puso cuando se la entregó, y se colgó en el cuello el medallón de plata que tenía la insignia del que todo lo ve, representado por un ojo que observaba a través del sol. Mismo símbolo que figuraba en el anillo que llevaba en el dedo meñique izquierdo.

Su maestro llenó dos palanganas con agua para que se lavasen las manos hasta los codos y los pies. El acto representaba la pureza y el respeto de cómo debían tomar la palabra sagrada.

—¡Maldición! ¿Es que no puedes usar agua tibia para el lavado?

—El frío está solo en tu mente, Nik —le recordó.

Sacudió la cabeza, a la vez que curvaba las comisuras del labio hacia arriba.

—¿Dónde se encuentra el resto de la hermandad? —preguntó.

—Ellos dejaron la entrega y se marcharon. Debían estar lo antes posible en Moscú, y decidieron irse al no saber cuánto tiempo podía demorarte escalar la montaña. Mañana temprano pasará otra vez el helicóptero para recogerte —después de una pausa, añadió-: Ahora siéntate.

—Como ordene, MAESTRO —repuso, sarcástico.


* La imagen no es de mi propiedad.
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