La Tierra Prometida

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CAPÍTULO I – segunda parte

Dejó caer el cuerpo sobre los almohadones que estaban delante de la mesita baja. Tathagata se acercó con una bandeja que traía dos pocillos y una teterde-dioses-y-hombres-monjea de porcelana. La asentó sobre la mesa y sirvió el té.

—¿Qué misión  me asignaron esta vez? —fue directo al grano.

Mientras que su guía viviese, debía ser él el encargado de trasmitirle sus misiones e iluminarlo con su sabiduría.

—Estamos a la puerta de un nuevo orden mundial, Nik. Finalmente, la ORU ha visto la luz.

La ORU eran las siglas de la Organización Religiosa Unida. Después del atentado que había sufrió el Papa en Estambul, antigua Constantinopla, en dónde su vida fue arrebatada y trajo aparejado el caos, la unión étnica era la mejor respuesta para atraer el orden e ir hacia un mundo de paz.

—Tenemos suficientes religiones para odiarnos, pero no las suficientes para amarnos uno a los otros —alegó su guía—. Se aproxima una revolución étnica, una que no se ha visto desde los principios de los tiempos. Muchos se encontrarán en desacuerdo con la ORU, porque su poder se debilitará ante las masas.

Hacía tiempo que algunos líderes religiosos buscaban la unidad entre sus religiones, con el objetivo de eliminar las asperezas entre los hombre e ir tras el nuevo orden mundial que la tierra necesitaba respirar.

—La humanidad ha buscado acercarse a Dios a través de diferentes creencias, se ha probado todo tipo de religiones, pero solo se ha conducido al odio entre las razas. La diversidad de llegar al mismo Dios, ha llevado al hombre a combatir contra el hombre. Es tiempo que apliquemos algo diferente, que todos caminemos por el mismo sendero, siguiendo los mandamientos de la nueva era —murmuró Tathagata con serenidad.

Bebió un sorbo de té y miró a su maestro por encima del pocillo.

—¿Cuál será mi papel en esta cruzada? —quiso saber.

—Todo árbol bueno produce fruto excelente, pero todo árbol podrido produce fruto inservible; un árbol bueno no puede dar fruto inservible, ni puede un árbol podrido producir fruto excelente. Todo árbol que no produce fruto excelente llega a ser cortado y echado al fuego —tendió el brazo por encima de la mesa y asentó la mano sobre la de él—. Serás el leñador que corte el árbol que produce fruto inservible y proteger el árbol que da fruto excelente.

Tathagata se puso de pie y fue a buscar la caja de hierro que se hallaba entre los inciensos, luego, la puso sobre la mesa en frente de él. La abrió y le pidió que sacara el Arca de la Nueva Era. Solo podía tocarla la persona que había sido designada como su protector, otro que lo hiciera, tendría que ser cortado de la tierra. El Arca estaba hecha con el oro extraído de Ofir, lugar donde Salomón recibía sus mejores cargamentos, mezclado con el oro fundido del Arca del Pacto, Arca que los Templarios encontraron y escondieron en el monte Meguidó. Doce piedras preciosas la rodeaban, representando los doces meses del año, en alusión a que el Pacto de la Nueva Era no debía olvidarse ni un solo día. Sobre la tapa tenía el trono del ojo que todo lo ve. Estaba asegurada con una clave.

—Solo tú puedes tocarla y abrirla, Nik —mencionó su maestro—. Eres su protector. La fuerza y sabiduría te ilumina, de tu interior saldrá la clave para abrirla. Por tu sangre corre herencia Levita y Politeísta, que representa el símbolo de la unión.

Miró los dígitos que estaban en la parte frontal del Arca.

—¿Qué pasaría si la clave que introduzco no es la correcta?

—Morirás. Manos del origen más puro de las religiones pueden tocarla y abrirla. Si no lograras abrirla, eso significaría que no eres la persona correcta.

—¡Menuda misión me ha tocado! —exclamó—. ¿De dónde diablos se te ocurrió que mis manos son puras?

—¡Nikita Niptu! ¿Piensas que pondría en riesgo tu vida si no tuviese la convicción de que este es tu destino?

Esperaba que esta no fuese la primera equivocación de su maestro. Miró fijamente el Arca, luego, cerró los ojos. A lo lejos oía las palabras de su guía <<escucha tu interior, Nik>>. A la velocidad de la luz, viajó al pasado, se hallaba sentado en la cama de su alcoba, reprochándole a su abuelo que le devolviera su libro, después de haberle levantado el castigo.

—El libro no se ha movido de su lugar, hijo —musitó su abuelo.

—¡Eso no es cierto! —chilló—.Te lo llevaste cuando me castigaste.

Su abuelo se acercó a la biblioteca y sacó el libro del estante.

—¿Ves? Sigue estando en su lugar.

Dejó otra vez el libro en el estante y fue a sentarse a su lado.

—A veces la obviedad se vuelve invisible a nuestros ojos —le rodeó el cuello con un brazo y le dio un beso en la coronilla—. No lo olvides, hijo.

Abrió los ojos de golpe. Miró el Arca por un momento. <<Si fueses invisible nadie te encontraría>>, pensó. La clave tendría que ser obvia: Amor fraternal, verdad y caridad. Lentamente, fue abriendo el Arca y él seguía intacto. Alzó la vista y sonrió a su maestro.

—Sabía que lo lograrías, eres su protector —dijo su guía, bebiendo un sorbo de té.

 

 

El Arca guardaba el libro sagrado mundial, como símbolo de la unidad religiosa. Era una antología de textos sagrados de todas las religiones y creencias del mundo, contenía porciones del libro tibetano de los muertos, la Biblia, el Corán, Chamanismo, Buda, la Cávala…caja de hierro

—Se aproximan tiempos difíciles, Nik. Las guerras religiosas tienden a ser más fieras que las demás. Cuando las personas pelean por territorio para ventaja económica, lo hacen hasta cuando ya no vale la pena costear la lucha y entonces transige. Pero cuando la causa es religiosa, el transigir y la reconciliación se ve como un mal.

—¿Crees que será posible conseguir una era de prosperidad y paz?

Su maestro entrelazó los dedos de su mano y los apoyó sobre la mesa.

— Mientras que podamos mantenernos unidos, todo es posible, Nik. Los cambios que ha sufrido la humanidad a lo largo de los tiempos ha sido favorable. Debemos terminar lo que Constantino comenzó. En el pasado, él unió a diversas religiones paganas de Roma con el cristianismo, conduciendo a las sociedades a una era más civilizada. Esta vez, la apuesta será mayor, a gran escala, sobre toda la tierra.

Tathagata llenó otra vez los pocillos con té.

—Maestro, ¿de quién debo proteger el arca?

—De los que no quieren que esta unidad se lleve a cabo. Al abrir el Arca, has despertado a la bestia que monta la ramera de babilonia la grande, la madre de todas las religiones. Ella ha manejado a la humanidad a su propio dominio, a través del odio y la intolerancia, apartándonos del eje central de la adoración de nuestro Dios, que es el amor fraternal.

—¿Y cómo protejo el Arca de la bestia?

—No oyendo sus voces, solo escucha la voz de tu interior. La bestia se hace fuerte cada vez que la oyes. Hará todo a su alcance y del modo menos pensado para que no logres proteger el Arca, y en lo posible, que la destruyas.

—¿La bestia puede ser destruida?

—Podemos expulsar a la bestia de la tierra y arrojarla al abismo en el caso que la humanidad llegue a ser una sola hermandad. La unidad es nuestra fuerza.

Se refregó el rostro con las dos manos, intentando asimilar toda la información.

—¿A dónde me enviarán?

—Tendrás todos los detalles de la misión cuando regreses a Moscú.

Asintió con la cabeza.

—Cuando te trajeron al monasterio y te vi por primera vez, supe que no eras un muchacho ordinario. Mi sublime caballero elegido, harás historia.

Él subió las piernas a la mesa y las cruzó a la altura de los talones, puso sus manos frente de sus ojos, mirándolas detenidamente.

—¿Con qué mis manos son puras, eh?

Cayó de espalda al suelo al recibir un certero almohadón.

—Baja tus cochinos pies de mi mesa.

Definitivamente, había regresado al monasterio. Su maestro era la única persona que no temía enfrentarse con él. Tathagata le pidió que guardara el Arca en la caja de hierro para volverla a ponerla en el lugar de donde la había sacado.

—Haré que preparen uno de los dormitorios para que pases la noche…

 

* La imagen no es de mi propiedad.
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