La Tierra Prometida

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CAPÍTULO II – primera parte

Despertó de golpe al oír pasos del lado de afuera de la ventana, las pisadas se iban alejando. Supo que no les pertenecían a los habitantes del monasterio, porque quienes andaban, llevaban un calzado pesado. Buscó su arma debajo de la almohada, solía meterla allí antes de irse a despertadormir. Maldijo por lo bajo al recordar que los monjes se habían llevado todas sus pertenencias. El crujir de la madera de la galería lo puso en alerta. Rodó de la cama al suelo. Se levantó del piso y tomó las espadas flamígeras que habían pasado a su poder. El filo de sus hojas era de forma ondulante, semejante a las llamas del fuego.

La pared de la habitación fue atravesada por She-Ki, desgarrando a uno de los intrusos. El pelaje blanco del felino se había teñido de rojo. Intercambiaron miradas y en ambos ojos se leía la misma preocupación: su Maestro.

Se aseguró que no hubiese nadie en el corredor antes de salir. Al final del pasillo dobló a la izquierda, luego giró a su derecha y se detuvo. Había dos hombres a mitad de camino, planeando ingresar al dormitorio de su maestro. Respiró hondo y se dirigió hacia ellos.

—No es hora de visitas… —les dijo.

Cruzó las espadas a la altura del pecho, rechazando las flechas que le habían lanzado. Corrió hacia el hombre que sostenía el arco y le cortó la mano antes que el filo pasara por su aorta con un ágil movimiento. No le dio tiempo al otro sujeto para que previniese su codo contra su estómago, pero quien lo terminó mandando al suelo fue su pierna al girarle el cuello.

Tathagata abrió la puerta de la alcoba y miró a los dos hombres caídos.

—¡Han invadido al monasterio! —chilló.

Él enarcó una ceja.

—¿Eso crees?

She-Ki apareció y se puso al lado de su amo, actuando como su guardián.

—¿Ves? En situaciones como estas es cuando más necesito de mis armas —dijo, limpiando las hojas de las espadas—. Recoge todo lo que puedas que te llevaré al búnker, ahí te mantendrás a salvo.

—La verdadera arma la tenemos aquí adentro, Nik —replicó, señalando la mente con el dedo.

Al encontrarse vestido solo con sus pantalones de lino, tomó una bata de su maestro para cubrirse el cuerpo.

—¿Sabes quiénes son? —le preguntó a su guía.

Él negó con la cabeza, pero en el fondo sabía que eso no era cierto.

—Bien, andando…

Pudieron salir del sector de las alcobas sin cruzarse con nadie, pero a lo lejos podían oír los rugidos de los tigres blancos al proteger el monasterio. Se detuvieron al llegar al patio interno. Miró a su maestro por encima del hombro y le pidió que no hiciera ruidos. Había tres hombres en el techo y un par más en la sala de meditación. She-Ki fue por los que se hallaban en la sala, y él se encargó de los otros. Se trepó al balcón y luego, al tejado. En pocos minutos, los sujetos cayeron al suelo.

Tuvo que dejar sus espadas en el piso al bajar del techo. Tathagata había sido capturado por uno de los intrusos, el sujeto amenazaba en cortale el cuello con el filo de su daga. She-Ki apareció por detrás del hombre y lo atacó para liberar a su amo. Se acercó al agresor y apartó al felino que no se desprendía de él, puso el pie contra su pecho ensangrentado, apuntándolo con la espada.

—Si quieres que tu agonía acabe rápido, entonces dime ¿quiénes demonios son? ¿Y qué rayos buscan?

Su maestro le quitó la espada de la mano y la atravesó sobre el cuerpo agonizante.

—Son los hombres que llevan la marca de la bestia —respondió por el muerto—. Buscan destruir el Arca antes que la ORU sea promulgada por todos los líderes religiosos.

Quienes habían invadido al monasterio, vestían ropa militar y tenían sus 8381340130_822595503a_brostros cubiertos con una capucha negra. Se inclinó para quitarle la máscara, el rostro era ordinario y no le vio ninguna marca. Su guía le asentó una mano en el hombro.

—El sello de la bestia solo se distingue con el ojo que todo lo ve. Para verlo, debes desarrollar tu sexto sentido, Nikita. Distingue las señales del mismo modo que distingues al verano cuando se aproxima.

—¿De qué señales hablas?

—Los días de la bestia están próximo a acabarse, y hará lo posible para que la tierra arda junto con lo que hay en ella cuando la ORU esté por cobrar vida. Nadie podrá escapar de su furia: terremotos, catástrofes naturales, pestes, odio del uno hacia el otro. Solo unidos podremos vencerla. Tu misión, Nikita, es abrir la puerta hacia la Tierra Prometida.

Sintió que todo su alrededor se movía. ¿Quién era él para que le depositaran el destino de la humanidad en sus manos?

—¿Cuál es la marca de los hombres de la bestia? —quiso saber.

—El aura escarlata.

Se voltearon al oír los gritos de los monjes cuando eran acribillados por los que habían invadido el monasterio.

—Jacob, mi pupilo, llevó la caja de hierro que guarda el Arca al búnker —le avisó Tathagata—. Ve por ella y protégela, es la dama que traerá el orden. También cuida al muchacho por mí, perdió a su padre y ahora nosotros somos su familia.

El búnker se encontraba dentro de una montaña a cinco kilómetros del monasterio.

—Estás loco si piensas que me iré sin ti —dijo, decidido—. Te pondré a salvo y regresaré por los demás.

—No podrás con ellos, son demasiados para ti, Nikita. Mis hermanos me necesitan a su lado y no voy a dejarlos —le sujetó una mano entre las suyas y se la acercó a los labios para besarla—. Tu tiempo aún no ha llegado, Sublime Oso. Vete, y llévate a She-Ki contigo.

—¡Maldito, viejo! Quiero que vivas…

—Protege el Arca, Nik.

Tenía razón al decirle que no podría derrotarlos con dos espadas. Eso lo enfureció. Dio un paso atrás, llevándose las manos a las caderas, inclinó la cabeza y luego, alzó la vista.

—Iré al búnker por mis armas y vendré por ti. Intenta que nadie te encuentre, ¿sí? —musitó, apuntándolo con el dedo.

Su maestro fue hasta él y lo abrazó. Le apartó el mechón dorado de la frente, igual que lo hacía cuando era un muchacho e intentaba calmarlo.

—Nadie viene a este mundo sin una misión, Nik. La tuya es proteger el Arca de la Nueva Era. Sé que podrás con ello. Vete antes que te vean, ellos ya saben de ti.

 

* La imagen no es de mi propiedad.
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