La Tierra Prometida

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CAPÍTULO II – segunda parte

Llamó al felino y salieron por la parte lateral del monasterio. Esquivaron los cadáveres que los tigres habían destrozado. La sangre tibia de los cuerpos derretía la nieve. Se detuvo y sacudió la cabeza para despejar la mente. El cansancio le había hecho perder la cordura al creer que los muertos le habían pedido que destruyera el Arca.

Uno de los encapuchados apareció de golpe y le rozó el brazo con el filo de su espada. She-Ki intervino y se prendió del cuello del encapuchado, lo soltó cuando sus signos vitales desaparecieron. Le quitó a unos de los cuerpos las mangas de su traje y la enrolló alrededor de los pies. Por más que intentaba mentalizarse que el frío solo estaba en su mente, la nieve no dejaba de quemarles los pies.

A medida que se alejaban del templo, se introducían más en la oscuridad y la enorme luna alumbraba la fría noche. Hacía diez años que no pisaba el monasterio, y esperaba que las varias entradas que tenía el búnker no hubiesen sido modificadas. A veces las montañas podían ser traicioneras y arrastrarte con ella. Sus épocas doradas de riguroso entrenamiento habían desaparecido en el momento que eligió ocupar un puesto detrás de un escritorio y de viajes diplomáticos.

— ¡Nikita! —lo llamaron en dirección al monasterio.

She-Ki que había tomado la delantera se volvió hacia él, soltando un rugido.

—¡El Arca por el Guía! —negociaron.

Dio un paso adelante, rodeó sus ojos con una mano e intentó distinguir a quienes tenía en frente. Los hombres que llevaban la marca de la bestia habían capturado a Tathagata, lo tenían arrodillado sobre la nieve y apuntaban su nuca con una flecha.

—Sé que nos escuchas, Nikita, sal de donde quieras que estés —exigió el líder del grupo. Su vestuario se diferenciaba del resto, vestía de negro por completo. Iluminó el rostro de Tathagata con una antorcha y añadió—: Si quieres que él viva, entréganos el Arca —concluyó, empujando a su maestro hacia adelante  de una patada.

vlcsnap-2011-09-10-22h24m53s13Ellos matarían a ambos apenas le diese el Arca. She-Ki rugió con furia y corrió hacia su amo. Al ser alumbrado por las antorchas, una lluvia de flechas atravesó al felino. Cayó de rodillas con los puños apretados, el eco de la impunidad retumbó dentro de él. Uno de los encapuchados se acercó a She-Ki, desfundó su espada y cortó su cabeza, luego, la alzó al aire, exhibiéndola como trofeo.

—El tiempo se agotó, Nikita —dijo el líder, a la vez que pasaba su daga por el cuello de su maestro—. Esto es lo que sucede cuando me hacen esperar —replicó, buscándolo con la mirada en la oscuridad—. ¡Vayan tras él! —ordenó a sus hombres.

El corazón se le desplomó del cuerpo. Acababan de asesinar a su maestro en frente de sus ojos, y no había podido mover un pelo para salvarlo. Se aferró a las espadas y se puso de pie. Intentó ir tras ellos, pero sus piernas parecían estar pegadas al suelo. «Vive hoy, pelea mañana», le susurraron al oído. El espectro de su guía apareció delante de él. «Haz que nuestra muerte no sea en vano, Nik. Protege el Arca hasta el final de la batalla».

—Viejo desgraciado como voy a vivir sin ti… —murmuró entre lágrimas.

«Enfrentaré contigo esta guerra. Llámame con el sexto sentido, Nik. Búscame con el ojos que todo lo ve, seguiré siendo tu guía hasta que acabes con la misión». Un aire frío l11311454_1454121888221039_1342076083_no atravesó y Tathagata desapareció del mismo modo como apareció.

Sus piernas lograron despegarse del suelo. El asesino de su maestro se quitó la capucha y grabó su rostro: Tenía palabras en árabe tatuadas en la frente, un parche en uno de sus ojos y una argolla en los divisores de los orificios de
la nariz. Volvería a tenerlo en frente, pero esa vez, él no actuaría como un espectador. Su cara sería la última cosa que él vería antes de morir.

Los visitantes nocturnos del monasterio habían empezado a desplazarse por donde habían visto salir a She-Ki. Giró los talones y corrió en dirección al bunker.

 

 

 

* La imagen no es de mi propiedad.
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