Perlas entre cerdos

Galería

 

Yemen, Península Arábiga

 

Las noches del desierto podían asustar a cualquiera. En especial a dos mujeres. El silbido del viento hizo que su pequeña hermana se apeg
ara a su cintura. Con lágrimas en los ojos la apartó de su lado. Habían caminado por varias horas bajo la pálida luz de la luna. Irguió los hombros como un valiente soldado. Sonreía, pero no era feliz. La brisa echó hacia atrás el velo que cubría su vergüenza. Se deshizo de su pulsera de perlas y se la dio a su hermana.

—Fue un regalo de tu marido, Aisha —le dijo su hermana como si no lo supiese—. No puedo aceptarlo.

Se puso delante de ella, hincó una rodilla en el suelo, y sujetó una mano de la pequeña entre las suyas.

—Las perlas no brillan entre cerdos —le explicó.

—¿Crees que Alá me perdonará por huir? —le preguntó la inocente.

—Creo que perdonaré a Alá si te saca de este infierno.

Llevó su mano a sus lOjos Misticosabios y se la besó, luego, señaló con el dedo el campo de refugiados de UNICEF, que estaba a unos metros.

—¡Vete, ahora! —le ordenó—. Sé libre y vive bajo tus propias normas, ¿prometes que lo harás?

La niña asintió con la cabeza, asustada y resignada por su futuro incierto. Huir era su mejor opción. Habría alguien esperándola del otro lado del alambrado. Esa misma noche volaría a Francia. Así se había planificado tiempo atrás, con diferencia que otro ocuparía su lugar. Sabía que sería lapidada si la hallaban, pero habían vendido su alma y no tenía nada que perder. De a poco, su hermana se fue alejando y acercándose al refugio.

 

Una semanas atrás…


Era otro día corriente de su miserable existencia. Llevó todo el peso de su cuerpo hacia un costado, mientras esperaba en la fila para llenar los bidones con agua potable del camión que UNICEF les ofrecía. Un pañuelo floreado de rosas rojas envolvía su cabello castaño y su piel canela. El ambiente del país estaba caldeado por la guerra entre sunitas y chiitas. El hambre y la pobreza se sembraban en los huesos, con una prospera cosecha de enfermedades. Se apartó de la fila una vez que llenó los recipientes con el líquido transparente. La profesora encargada de la educación en el refugio, la detuvo. Había llegado con el grupo humanitario cuando la Primavera Árabe había empezado a propagarse.

—Regreso a mi país la semana que viene, Aisha —le hizo saber, con su suave acento francés.

—La próxima semana cumpliré once años —le recordó.

—Lo sé, y por eso quiero que vengas conmigo. Tu mentira no persistirá por más tiempo. Tu padre no tardará en que cumplas con el arreglo matrimonial que hizo.

La piel se le erizó con solo pensarlo. Su padre había arreglado su matrimonio, con un hombre que triplicaba su edad, para liquidar sus deudas. Ella no quería casarse, quería estudiar y jugar con sus hermanos. Su profesora le entregó un sobre que contenía la información detallada de la huida, en el caso de que quisiera abandonar su hogar. ¿Cómo no iba a querer marcharse si sobre sus espaldas cargaba una bomba que estallaría en cualquier momento? Quería viajar hacia una tierra lejana, en dónde las aguas de los ríos fuesen cristalinas.

Cargó sobre sus hombros los bidones y se dirigió hacia su hogar. El calor era seco y cortante. Se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano. A un costado del sendero, había restos óseos de animales muertos. Los buitres revoloteaban en el cielo y afilaban su vista hacia las carnes vencidas. Vivía en una pequeña casa, hecha con ladrillos de lodo y pintada de blanco. Abrió la destartalada puerta de ramas secas de la cerca. Apartó a las gallinas que estorbaban el paso.

—¡Aisha! ¡Aisha! —la llamó su hermana, cuando salía corriendo del corral de las cabras.

Dejó los bidones sobre el suelo árido y fue hacia ella.

—Daban te vio esta mañana —la miró como si no fuese una novedad al decirle que su hermano la había visto, la niña agregó—: Vio cuando lavabas las sábanas de tu cama.

Tragó saliva. Tanto su padre como su hermano creían que la Sharía debía ser cumplida a rajatabla, y al haber ocultado su período para no ser dada en matrimonio, valía unos cuantos latigazos. Su madre, quien vestía un burka negro, le pidió que esperara a su padre en la casa, mientras regresaba de hacer sus oraciones en la meca. Él no tardó en llegar, y lo primero que hizo fue abofetearla. Se limpió la sangre que salía de un extremo de sus labios, a la vez que su hermano la miraba con el mentón levantado, orgulloso de haberla delatado.

—No podemos ofrecerte nada, Aisha —musitó su progenitor—. No podemos alimentarte, no podemos vestirte, por lo tanto, haz lo que te ordeno y no avergüences a la familia.

—Tendrás una vida mejor, Aisha —susurró su madre, debajo de la tela, en un intento de convencerla.

El sermón se detuvo cuando una camioneta Toyota frenó en la entrada de la casa. Tenía una bandera negra flameando en el techo que decía: No hay más Dios que Alá, y Mahoma es su profeta. En la parte trasera del vehículo había varios hombres con una ametralladora, pero solo uno fue hacia la puerta. Lucía como un majestuoso califa. Vestía una túnica negra, del mismo color que su turbante, y un cinturón con un puñal. Ocultaba su rostro con una barba canosa y larga.

Él la miró como si ya le perteneciese. Cerró los ojos para no llorar. La mandaron a la habitación continua, mientras ellos terminaban de arreglar su dote. Escuchó como su padre ofrecía a su hermano para que se uniera en la milicia de la Yihad, para que luchara contra los infieles: Los enemigos de la religión, enemigos de Dios, y de la humanidad.

 

La boda…

 

Quitaron su muñeca de sus brazos para ponerle su mejor vestido de fiesta, y maquillaron su rostro para que luciera como una mujer adulta. Sus sueños habían sido barridos por una tormenta de arena, transformándose en pesadillas doradas. A veces pensaba que había hecho algo mal, y que esa era la razón por la que Dios se desquitaba con ella. Podía oír los sonido
s arabescos acompañados de tamboras africanas y como el novio cantaba con su familia y amigos, en el salón de la celebración. De repente, todo quedó en silencio, los invitados se habían retirado, y el novio apareció en la habitación.

—No hagas esto, devuélveme a mi casa —dijo, con la voz estrangulada.

Él le dio la espalda para cerrar la puerta y luego, se volteó.

—Ahora eres una mujer casada, y no puedes volver atrás. Pagué caro por ti —respondió, mientras la hoja de qat se diluía en su saliva, dejando toda su boca teñida de verde.

Se levantó de los cojines y se acercó a la ventana, en busca de una salida.

—Mira a tu alrededor, ¿a dónde vas a ir? —murmuró él, en un tono burlón.

Finalmente, había comprendido que nadie intervendría. No habría nadie en el mundo que le curara las heridas de haberle robado su infancia. Cobroken-mirrormo una niña pequeña solo quería llorar. Había caído en la garras de la desesperación. Cuando un hombre se hacía a sí mismo una bestia endurecía su alma, y olvidaba que el resto de los mortales sufren y aman.

—Quítate el velo y apaga la luz, —musitó— que quiero verte mejor en contraste con el sol.

Peleaba una lucha que tenía perdida. Un día llovería perlas desde los cielos, ni el fango opacaría su brillo.

 

 

* La imagen no es de mi propiedad.
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