A la muerte también le gusta la moda

Galería

 

«El potus necesita más agua», se dijo a sí mismo. Tendría que pedirle a su secretaría que se encargara de eso, igual que el polvillo que tenía los libros de la biblioteca. Se reclinó es el asiento y entrelazó los dedos de la mano, apoyándolos sobre sus rodillas. Su paciente estaba echado, boca arriba, sobre la chaise-longue forrada de cuero blanco ubicada en el centro de su despacho.

—¡Solo míreme! ¿Usted cree que mi atuendo es escabroso?

Nunca hubiese imaginado que un día tendría a la Muerte como paciente. Se le había aparecido en su estudio para reclamarle su alma, cropped-divan_2pero lo había notado un tanto indeciso, y los gajes de su oficio lo llevaron a cuestionar su indecisión. Le pareció justo obtener más años de estadía en la tierra a cambió de concederle sesiones para alivianar sus molestias. Él aceptó encantado. ¿Quién iba a decir que la muerte también necesitaba ser analizada?

—¿Y usted qué cree? ¿Cómo cree que es su atuendo?

—Sofisticado, elegante. Muy diferente del rumor que la vida hizo correr sobre mí —hizo una pausa—. ¿Sabe? En el reino de la inmortalidad salí coronado como el mejor vestido. La vida no toleró haber perdido y empezó a divulgar mentiras sobre mi aspecto. Dijo que vestía con túnica negra y que debía usar capucha por mi calvicie —farfulló, tocándose su abundante cabellera—. El maldito además agregó que estaba demacrado y que tenía que sostenerme de una guadaña. ¡Ja! ¡Demacrado! ¿Sabe cuántas horas de vida he regalado para usar una cama solar? ¿O los potes de cremas que he utilizado? ¿O las visitas que he hecho a las grandes ciudades durante la semana de la moda?

«Posible narcisista», anotó en su libreta.

—¿Nunca intentó tener una conversación con la vida y pedirle que se retractara de sus dichos? —le preguntó.

Su paciente empezó a jugar con el Rolex de oro que tenía en la muñeca.

—Un dialogo con él sería en vano. Cuando un almohadón rellenado de plumas se rompe, luego es imposible recoger todas sus plumas desparramadas, y eso es lo que sucede con los rumores. En una película siempre hay un bueno y un malo, y a mí me ha tocado interpretar el papel del malo.

—No se preocupe, todo aquel que lo conoce nota su buen gusto. No hay mejor promoción que el boca a boca.

Su paciente giró la cabeza para mirarlo a los ojos.

—Ese es el problema, señor psicoanalista, todo aquel que me ve, luego no vive para contarlo.

De repente, podía escuchar como las paletas del ventilador del techo empezaban a girar. El aire se había tornado caluroso. Se aclaró la garganta.

—Bien, prosigamos…

—¡Es injusto! —Chilló, repantigándose en el diván—. ¡Es injusto que el daltónico se lleve todo los laureles!

—¿Daltónico? —repitió, ceñudo.

—Oh, claro, usted no lo sabe. La vida es daltónica, es por eso que no combina bien los colores.

Dio vuelta la hoja de su libreta y escribió: «trabajar en su inseguridad». Cruzó las piernas y bajó la vista al suelo, notó que esa mañana se había puesto una media de diferente color. «Por suerte su paciente no llegaba a mirar sus pies», pensó.

—Hmm… —masculló, repiqueteando la lapicera sobre la tapa de la libreta.

—¿Hmm, qué? ¿Ya llegó a una conclusión?

—Estamos a mitad de sesión, aún no puedo hacer ningún diagnóstico. Pero cuénteme, ¿qué otra cosa lo desconforma?

Su paciente resopló.

—La inmortalidad. La inmortalidad suele ser fastidiosa, ¿comprende lo que le digo?

—La verdad que no mucho, mi inmortalidad, en el caso de que lleve una buena vida, podría llegar a los ochenta y cinco años.

—En realidad su inmortalidad podría durar un poco menos, vine a buscar su alma, ¿recuerda? —Encogió los hombros y añadió—: Igual no viene al caso, ustedes los mortales son afortunados.

—No se crea. Pero centrémonos en usted, ¿qué le molesta, la inmortalidad o su trabajo?

—Quiero ser mortal para salir de vacaciones. No se imagina lo estresante que puede ser tener una profesión de tan mala fama.

«El paciente tiene prioridad», se dijo a sí mismo por lo que estaba a punto de decir.

—¿Alguna vez pensó que la humanidad necesita de su profesión?

La muerte enarcó una ceja.

—¿La necesita? —replicó, curioso.

—Imagínese que usted se jubilase, y que ningún hombre muriese ya ¿acaso cree que los alimentos, el agua y el espacio en la tierra alcanzaría para todos?

Su paciente cruzó las piernas a la altura de los talones. Los rayos del sol se reflejaban en sus zapatos de charol.

—Los humanos pueden ser ingeniosos y perspicaces para adaptarse a cualquier situación —dijo, con falsa modestia.

—Necesitamos de la muerte, como necesitamos de los vientos en otoño para renovar la naturaleza; como el frío en invierno para congelar las pestes; como las abejas en primavera para que se encarguen del polen; y de los sapos en verano para que combatan contra los insectos…

—¡Vaya, hombre! Vale cada segundo de vida que le di.

Todos los diplomas que colgaban en la pared de su despacho no habían sido en vano. Bien, no debía afligirse por haber impedido que la muerte se jubilase, sino, centrarse en que había ayudado a un paciente y ganado más hora de vida. La sesión había acabado.

 

* La imagen no es de mi propiedad.

 

Anuncios

»

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s