India europea: memorias «primeros capítulos»

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¡Buenas y santas!

Les comparto los dos primeros capítulo de la novela romántica «INDIA EUROPEA: Memorias».

EL REENCUENTRO

Argentina

Caminiaga, norte Cordobés…

DICEN que los recuerdos apestan y que sólo las memorias que provienen del corazón son hermosas. En ese caso Mariana, su amiga de la infancia, formaba parte de sus memorias. Hacía más de diez años que ellas no se veían. A veces era bueno reabrir algunas páginas del pasado. Se apoyó en el pilar de la galería de la estancia y miró hacia la tumblr_lu20oilwe91qz7nyco10_1280entrada. La brisa otoñal volaba su pelo, del mismo modo que las hojas amarillas de los árboles se levantaban del suelo y flotaban en el aire. Mariana había regresado a la región después de mucho tiempo. Sus padres tenían una pequeña casa veraniega, y cada vez que podían, ellos solían huir de la ruidosa ciudad de Buenos Aires para instalarse en el pueblo.

Entornó los párpados para protegerse del sol. Le había pedido a uno de sus empleados que buscaran a Mariana en la camioneta. Ella se había instalado en la pequeña casa veraniega de sus padres. La casa no era más que ruinas, una tormenta fuerte y la desarmaría por completo. Esa fue la razón por la que le ofreció, más bien, le rogó que se mudara a la estancia. Podía albergar tranquilamente a toda su familia. Supo de la existencia de sus dos hijos cuando se enteró de que había regresado al pueblo y fue a visitarla. Los monstruitos la habían sorprendido. Sabía que para que Mariana aceptara debía recibirla con su paquete.

Menudo paquete…

Jugó con la alianza que tenía en el dedo anular y luego la guardó en el bolsillo trasero del pantalón, prefería mantenerla oculta para evitar las preguntas que no quería responder. Había crecido en la estancia y tenía los mejores recuerdos en ella. No hacía más de un año que había decidido regresar del exterior para instalarse en la finca. Su yaya se había esforzado para transformarla en una mujer de hacienda y trasmitirle los secretos de cómo cuidar las tierras de sus ancestros. Secretos que habían formado parte de los Pavón durante generación tras generación. Había regresado dispuesta a cumplir la última petición de su yaya: hacerse cargo de sus tierras.

El capataz que había puesto la familia para que administrara la finca, los había estafado. Había hecho desaparecer la mayor parte del ganado y usurpado la zona norte de las tierras. La satisfacción que tuvo el día en que lo echó, no lo había sentido hacía mucho tiempo. Le tomaría varios meses hacer que sus tierras volvieran a brillar como en las viejas épocas. Además, de restaurar y ampliar la estancia para convertirla en un complejo turístico.

Sacudió los hombros cuando sintió la chillona voz de Antonia, su cocinera. Ella era de estatura mediana, morena y bastante temperamental. Su cocinera, para variar, se quejaba de su renegrido y crespo cabello. Antonia subió las escalinatas de la galería y se detuvo a su lado.

—Doñita Valentina porque no espera a su amiga sentada, pos así se le van a hinchar las varices de las piernas —le dijo, pasando las bolsas del mercado de una mano a la otra—. Me parece que su amiga no vendrá…

Su voz era tan finita y aguda, que lograba que sus nervios se alteraran con facilidad. Le dedicó una severa mirada por encima del hombro.

—¿No deberías estar en la cocina preparando el almuerzo? —más que una pregunta era una afirmación.

Su cocinera hizo una mueca con sus labios.

—¿Ya se enojó? —Murmuró, sacudiendo la cabeza—. Pucha che, ¿pero a usted quién la entiende? Me vive repitiendo que mi trabajo es atenderla y ahora que estoy intentando ser amable, usted se enoja. ¿Quiere que le acerque la mecedora que tanto le gusta?

Respiró profundo para no perder la paciencia. Lo que ella necesitaba era que esa mujer desapareciera de su vista.

—¿Has oído que te haya pedido alguna cosa?

Su cocinera negó con la cabeza.

—¿No, verdad? ¡¿Entonces qué diablos todavía estás haciendo aquí?! —rugió—. Si quieres hacer algo por mí, desaparece de mi vista. Espero que tengas listo el almuerzo para cuando lleguen mis huéspedes.

Antonia agitó una mano en el aire, desdeñosa.

—Lo que usted necesita es un macho que la tenga bien entretenida… —murmuró entre dientes, mientras se alejaba.

—¿Antonia? —la llamó, estirando la palabra.

Su empleada se detuvo en seco, dio media vuelta y se encaminó hacia ella.

—¿Ahora si me llamó, verdad?

—¿Tienes las agallas para repetir lo que acabas de decir en mi rostro?

Su cocinera echó su rostro hacia atrás.

—Todavía no estoy tan loca como para hacerlo…

Frunció el entrecejo.

—¿Sabes? Puedo poner tus patitas en la calle por eso.

Antonia se encogió de hombro con total despreocupación.

—Siempre dice lo mismo y nunca lo hace. Además, sabe que si me voy, nadie vendrá a ocupar mi lugar. Si no fuera tan testaruda, tal vez las personas la querrían un poquito más.

Cerró los ojos por un segundo, apretando los puños al costado del cuerpo.

—¡Maldición, Antonia! No tientes a la suerte…

Antonia emitió un bufido y se retiró. Para su desgracia, su cocinera tenía razón al decir que nadie quería trabajar para ella. En el pueblo la habían apodado como la India Europea. Así escuchó que la llamaron un grupo de borrachos en la taberna que siempre asistía los domingos a la tarde para beberse algunos tragos. Hazte la fama y déjala correr, le solía repetir su yaya. Y eso era lo que precisamente pretendía: que la odiaran y que le temieran. Por lo general, las personas sensatas mantenían a sus enemigos lo más lejos posibles.

Miró hacia la entrada al oír la bocina de la camioneta que ingresaba a la estancia. Sonrió como hacía mucho tiempo no lo hacía. Su empleada se había equivocado al decir que Mariana no aparecería. Corrió hacia el coche para recibir a su amiga y a los diablillos de sus hijos.

 

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