La Tierra Prometida

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CAPÍTULO III – primera parte

Por un momento había creído que la montaña le había hablado. «Por aquí, Nikita», susurraron a la vez que una luz azul apareció sobre la nieve y empezó a moverse hacia adelante. Miró a su alrededor y no encontró a nadie. «Síguela», agregaron. Decidió seguirla cuando vio que los hombres de la bestia se acercaban. La luz lo llevó hacia una grieta en medio de la montaña y desapareció. Era una de las entradas al búnker. ¡Maldición! El ingreso era para principiantes. Bajó los veinticuatros escalones y luego se metió en el túnel que lo arrastró hacia el corazón del búnker. Una puerta de acero se abrió cuando cayó de arriba. Lo estaban esperando los monjes que habían logrado escapar.

En la planta baja se encontraban los archiveros que almacenaban toda la información confidencial del monasterio, además, se había improvisado un espacio para atender a los monjes que habían sido heridos. El segundo piso estaba blindado por paredes de cristales, dónde estaban las máquinas de alta tecnología.

Los monjes se conmocionaron cuando les dio la noticia que habían asesinado a su maestro. La situación lo superó y por sus mejillas también rodaron algunas lágrimas. Lo único que podía hacer era proteger a quienes habían logrado salvarse. Les preguntó dónde guardaban las armas y ellos lo mandaron a la habitación de acero.

—¡Nikita! —lo llamaron.

Se volteó y se encontró con el pupilo de su maestro, de pie en la cima de las escaleras.

—¿Dónde está Tathagata? —preguntó, negándose a aceptar lo ocurrido.

Subió los escalones en dos en dos hasta ponerse en frente del joven.

—No logró sobrevivir, muchacho, pero juro…

—…Se supone que eres Nokita Niptu, el «sublime oso» —dijo irónico, apretando los puños al costado del cuerpo—. ¿Acaso no debías traerlo con vida?

Conocía en carne propia la sensación de la desesperación por la que el muchacho estaba pasando, la sensación de sentirse solo ante el mundo. Tathagata había logrado llenar ese vacío con su sabiduría.

—Lo hubiese hecho si en mis manos hubiese tenido el poder de hacerlo. Supongo que eres Jacob, ¿verdad?

El muchacho lo ignoró y regresó a la sala de las máquinas, se sentó en frente de los monitores. Había pantallas que mostraban la superficie de la montaña. Él lo siguió y se puso a sus espaldas.

—¿Fuiste el que me guio hasta aquí? —quiso saber.

Jacob se subió las gafas por encima del tabique de la nariz, mientras que con la otra mano continuaba tecleando, sin apartar su vista del ordenador.

—Logré pedir ayuda antes de que ellos irrumpieran nuestro sistema de seguridad —respondió—. Intento encontrar el origen del virus que bloqueó los sensores y las cámaras. Solo pude liberar un radio de veinte metros.

El monasterio tenía un sistema de seguridad con cámaras y sensores en un perímetro de ocho kilómetros. Evidentemente, el sistema había sido hackeado porque nadie pudo anticipar la llegada de los intrusos. Dos monjes aparecieron en la sala, uno cargaba un botiquín y el otro, el tapado y las botas que su maestro había hecho con la piel del oso que él había matado de joven. Se sorprendió que aún lo conservaran después de veinte años. Tomó asiento para que le curaran las heridas y las quemaduras que el frío le había causado en los pies.

—El Arca se guardó en la habitación de acero —dijo Jacob con la voz áspera.

Él asintió con la cabeza.

—¿Cuánto es lo que sabes de informática, muchacho? —preguntó, señalando las máquinas con el mentón.

—Sabe tanto que Tathagata decidió reformar el bunker con la mejor tecnología por él —respondió el monje que le estaba vendando el hombro.

—¿Es cierto eso, muchacho? —replicó, apoyando el codo sobre su muslo izquierdo.

El joven se giró hacia él en la silla y sus ojos, ambos, se estrecharon.

—Jacob, mi nombre es Jacob.

La altanería del muchacho le hizo sonreír.

—Sé hacer bien mi trabajo. Tathagata confiaba en mí porque sabía que no lo iba a defraudar —pudo leer las entrelíneas de su sarcástico comentario.

Apartó a los monjes que le estaban curando las heridas y se levantó de la butaca. Avanzó hacia el joven de un tirón. Se inclinó hacia él y apoyó las manos en el posabrazo del asiento, intimidándolo con su cuerpo.

—Escucha bien muchacho, porque no lo voy a volver a repetir, Tatahagata también fue como un padre para mí, tu no tuviste que ver como lo degollaban en frente de tus ojos sin poder hacer nada para evitarlo. Por lo tanto, no me dirás que debo decir o si lo que hago, es una mierda, ¿lo entiendes? —dijo, en un tono seco y duro.

Jacob abrió graNikita Niptunde sus ojos celestes detrás de sus gafas y asintió, frenéticamente, con la cabeza.

—Me alegra que finalmente podamos entendernos —replicó, abrigándose con el tapado de piel.

Uno de los monjes se acercó a las pantallas y señaló con el dedo a los intrusos que se aproximaban al búnker. No sabía cuánto tiempo tardaría el refuerzo en llegar, mientras tanto, él sería quien tomaría cartas en el asunto. Se dirigió a la habitación donde estaban las armas. Encendió la luz y bajó las escaleras. A la derecha, tenía los estantes con las pistolas y rifles. Las espadas estaban colgadas en hilera en la pared de en frente. Abrió el armario y cogió lo que necesitaría: Rifles AK47, la Beretta dorada que tuvo que entregarles a los monjes cuando llegó al monasterio. Apoyó su arsenal sobre la mesa, se llenó los bolsillos de municiones: Balas, cargadores para la automática. Se guardó una daga en el interior de la bota y se metió la Beretta en la funda sobaquera.

Una vez equipado, regresó a la sala de informática.

* La imagen no es de mi propiedad.
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