La Tierra Prometida

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CAPÍTULO III – segunda parte

Le pidió a Jacob que fuera sus ojos cuando subiera a la superficie y le indicara la posición de los intrusos. El muchacho estuvo de acuerdo. Además, le entregó una bomba vibratoria que había creado, las ondas podían provocar una avalancha. Pero al no estar completamente terminada, debía ser él quien la activara a través de su ordenador, una vez que se le pidiera.

—Ahora demostrarás que tanto sabes, niño —repuso, poniéndose el comunicador en el oído.

—Por el momento, son tres los hombres que aparecen en la zona oeste. Si tomas el corredor cinco, te encontraras a espaldas de ellos.

Asintió con la cabeza y se dirigió al sector oeste. Se subió a la tarima que estaba preparada para llevarlo a la superficie. Apretó el botón luego de cubrirse la cabeza con la capucha del tapado.

—Tienes dos hombres esperándote a la derecha —le informó el muchacho.

La ventaja que tenía contra el enemigo, eran los ojos del joven. Al salir, el fuerte viento lo tiró hacia atrás y un golpe en la nuca lo bajó al suelo.

—Lo siento, cuando dije derecha, era mi derecha, no la tuya —le aclaró su ayudante por el trasmisor.

—Intenta ser más preciso la próxima vez —farfulló entre dientes.

Rodó por la nieve cuando le dieron una patada en las costillas. Desfundó los revólveres antes de voltearse y disparó, las balas fueron directo al blanco. Los dos hombres se desplomaron en el suelo. Miró de soslayo la flecha que se hundió a un lado de su rostro, estando a un pelo de arrancarle un ojo.

—Tienes un arquero a cincuenta metros —le hizo saber Jacob—. A pocos pasos vas a ver una grieta, lánzate y espéralo allí.

Se arrojó a la zanja cuando se acercó. Hizo un ruido seco al caer sobre el piso de hielo. El lugar había sido una antigua entrada del bunker. Se escondió dentro de la tapadera que se había formado de modo natural. Esperó al arquero paciente, mientras sujetaba con fuerza su Beretta dorada. En pocos minutos, apareció una luz verde de láser cerca de sus pies, se mantuvo oculto hasta que se alejó. Tomó por sorpresa al arquero, que ahora utilizaba un rifle todo terreno, cuando bajaba por las escaleras. Lo noqueó de una piña y le apartó el rifle de la mano. El hombre despertó recargado de ira, por lo que recibió un disparo entre medio de sus dos ojos.

De repente, la montaña se abrió y lo tragó. Se deslizó por el interior en una especie de tobogán.

—Lo siento, creí que esa entrada había dejado de funcionar —se disculpó otra vez el muchacho por el auricular.

—¿Te diviertes conmigo, niño? —preguntó, ceñudo.

Cayó de cara al piso. Se sacudió la ropa al ponerse de pie.

—Dirígete al sector ocho, en la zona norte te esperan tres hombres más.

El corredor ocho tenía la particularidad que se iba achicando a medida que se acercaba al exterior. Tuvo que inclinarse y tomar la posición de un oso al salir. Para su condenada suerte, había un hombre en frente de la salida del túnel. Miraba hacia él con sus párpados entornados, intentado descifrar que era lo que salía de la oscuridad.

—¿Qué eres? —masculló, agachando la cabeza.

—Lo último que verás —replicó, sacando la daga de la bota.

Se abalanzó sobre él, y hundió el filo de la daga en su corazón. Una correntada de aire le bajó la capucha. Arrastró el cuerpo y lo escondió en el túnel cuando sintió que sus compañeros se acercaban. El radio trasmisor que el muerto tenía en el bolsillo del pantalón, empezó a emitir conversaciones en árabe. Apagó el radio para que el ruido no hiciera que lo descubrieran y se lo guardó. Los hombres no lo vieron y siguieron de largo.

Metió entre la nieve una de las bombas que le había dado el muchacho. Empezó a correr en dirección contraria. Cuando se alejó lo suficiente, le pidió a Jacob que activara la bomba. La avalancha que se produjo devoró a los dos hombres y los escupió al precipicio.

—Mi perímetro de visión llega hasta aquí, Nikita —le avisó Jacob—. Regresa al bunker, la ayuda llegará en cualquier momento.

Se quitó el auricular del oído y lo tiró a un costado. Encendió la radio que había guardado para escuchar las conversaciones que había entre ellos. Quería información del asesino de su maestro. Las conversaciones no The Revenantarrojaban ningún dato preciso. De repente, aparecieron dos esquiadores descendiendo la montaña. Le disparó a uno de ellos y empezó a rodar por la nieve. El otro logró esquivar la bala y se detuvo a orillas del precipicio, se quitó las gafas y pudo ver el parche que tenía en el ojo. Se bajó de la tabla de esquiar y le sonrió antes de saltar al vacío, con su traje aéreo. Intentó alcanzarlo, pero tuvo que conformarse con verlo planear en el aire.

Se acercó al esquiador que le había disparado. Había caído sobre una roca filosa que la tenía atravesada a la altura del estómago. Él era quien le había cortado la cabeza a She-Ki. Estaba inmovilizado, sin tener otra opción que rogar por su muerte. Lo miró y le sonrió mostrándole los dientes rojos de sangre.

—¿No vas a matarme? —balbuceó al notar que no hacía nada para acabar con su agonía.

—No, no voy a matarte. —Señaló hacia adelante con el mentón y agregó—: Pero ellos si lo harán.

De la oscuridad, aparecieron dos tigres blancos sedientos de justicia. Ellos fueron hacia su presa y descuartizaron su cuerpo en segundos.

Desde la cima de la montaña, empezaba a escucharse las hélices de los helicópteros que venían por refuerzo.

* La imagen no es de mi propiedad.
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