LA MUJER PEREZOSA NO ES VALIENTE

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LA MUJER PEREZOSA NO ES VALIENTE

Encendió la lámpara oriental encajada en la pared pedregosa de la sala de su casa. Dejó el recipiente con los pochoclos sobre la mesa que estaba en frente del sofá. Se acercó al televisor y pasó el dedo por la pantalla polvorienta para escribir como recordatorio:

«Voy a limpiarte más tarde».

Sus padres se habían ido a una cena y sus hermanos, los mellizos, pasarían la noche en la casa de uno de sus amigos. Ella se sentó cómodamente en la butaca aterciopelada. No había nada mejor que pasar una noche lejos de su familia. Prendió el televisor con el control y buscó una película. El teléfono fijo empezó a sonar y dejó que el contestador atendiera.

«Sofía, no olvides entrar al perro cuando empiece a llover».

Resopló fastidiada, sus padres no la dejaban en paz ni cuando salían a comer afuera. Hacía más de una hora que la tormenta se había desatado. Miró la puerta de cristal que daba al patio y observó a su perro en el jardín con las orejas caídas, al tiempo que el agua lo mojaba. Su programa había comenzado.

—Lo siento amigo, pero tendrás que esperar a que la película acabe —le dijo a su mascota, a la vez que se llevaba un puñado de pochoclo a la boca.

Dirigió la vista hacia la pantalla y subió el volumen del televisor, para no escuchar los aullidos de su perro. La película fue interrumpida por las noticias de último momento: dos convictos se habían fugado de la prisión del oeste. Abrió grande los ojos. Ella vivía en la zona oeste. El estruendo de un rayo la sobresaltó y las palomitas de maíz se desparramaron a los costados. El fuerte viento abrió la ventana y volteó el jarrón que estaba sobre la mesa. Malhumorada, se levantó del asiento y cerró la ventana. De repente, la luz se cortó.

Su teléfono móvil empezó a llamar, era un número desconocido. Colgó luego de que del otro lado no decían una palabra. La luz había regresado y volvió a ocupar su butaca. Tragó saliva al notar otro mensaje en la pantalla polvorienta del televisor. Debajo de sus recordatorios, habían escrito:

«No dejes nada para más tarde porque no sabes si estarás».

Dio un respingo cuando el teléfono fijo sonó. Esa vez atendió el inalámbrico. Nadie hablaba, solo se limitaban a fbky7zibhx4ih1zqp6tfm05ane7respirar entrecortadamente. Hubo otro apagón y el teléfono dejó de funcionar. Buscó una linterna en el cajón del modular.

Oyó saltar la alarma del coche que estaba en el garaje. Al llegar a la cochera, la alarma se había desactivado. Encontró huellas de pisadas que se dirigían al armario de las herramientas. Cautelosa, siguió los pasos y abrió la puerta del mueble. Tastabilló y cayó al suelo cuando una muñeca inflable se le vino encima. Tenía un papel pegado en la frente que decía:

«La curiosidad mató al gato».

La piel de su nuca se erizó. Si sus hermanos le estaban jugando una broma, iba a matarlos. Recordó que ellos no estaban en la casa. Salió de la cochera con rapidez. Le pareció oír voces en la planta de arriba. Lo más probable era que sus padres hubiesen regresado temprano de la cena. El alivio recorrió su cuerpo. Subió los escalones en dos en dos. Las voces provenían del dormitorio de los mellizos. Ingresó a la habitación. La ventana estaba abierta y el viento golpeaba contra la cortina. Encontró un Handy sobre la cama, lo tomó entre sus manos y se lo acercó al oído para comprender lo que decía la transmisión. El aparato hacía interferencia con la radio de la central policial.

«Se han visto a los convictos merodear la zona. Ruidos indescifrables. Se dará más refuerzos para encontrarlos».

Se deshizo del Handy y abandonó la alcoba. Tenía que asegurarse que la alarma de la casa estuviese funcionando. Bajó las escaleras y se detuvo en seco en el último peldaño. Un relámpago alumbro la sombra de una persona detrás de las cortinas de la ventana que daba a la calle. Se consideraba una mujer perezosa y la mujer perezosa no era valiente. Un número desconocido llamó otra vez a su celular. Colgó antes de atender. Las reglas se habían hecho para romper, ¿no? Junto coraje y fue a buscar a su perro. No lo vio en el jardín. Se vistió con su mameluco impermeable y se dejó puesto sus zapatos acolchonados para salir al patio.

Llamó a Dorado, su mascota, este apareció sacudiendo su pelaje. Él la hizo a un costado e ingresó a la casa. El viento cerró la puerta. Ella se había quedado en el lado de afuera y su perro en el lado de adentro. Apoyó la nariz respingada contra el cristal y miró hacia la sala. Su mascota se había acomodado en su butaca y se estaba comiendo sus palomitas.

La lluvia se hacía cada vez más espesa. Vio luz en la casa del árbol. Corrió por el piso aguado hacia esa dirección. Se trepó en las escaleras del árbol. Tuvo que doblarse para ingresar a la casa. Parpadeó, perpleja, al ver a uno de los mellizos con sus amigos.

Su hermano la miró ceñudo.

—Maldita seas Sofía, aposté dinero a que no levantarías el trasero del sillón…

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